Cuántas cosas no se habrán hecho por la sangre...
Hemos sonreído por nuestra sangre, llorado, también luchado, hemos cedido, sufrido, protegido y buscado.
Hemos querido de esa forma que no necesita excusa, pues de forma invisible la sangre nos une y nos junta, nos quema el alma.
No existen egoísmos en la sangre, al menos no en la mía. Y me refiero al tipo de egoísmos que hacen daño de verdad.
Sangre caliente que calienta sentidos, que abriga sollozos. Y sollozos que provoca la sangre también. Nos da el suspiro de la ilusión y de lo grande. De lo tibio y nunca frío. Porque cuando lo demás se derrumba queda la sangre, y si es de verdad como la nuestra, no falla.
A veces como en una explosión todo desaparece, y miras a tu alrededor y solo ves ruinas, las ruinas de la guerra que algo o alguien, o uno mismo han derruido como huracán, pero como sabana transparente de fondo está la sangre de los amados. Esos seres queridos que te regalo la vida, que creó nuestra madre.
Esos seres queridos que miran igual que tú, que a pesar de ciertos pesares nunca dejan de mirarte así. Y sabes que si no están bien tu estomago enmudece y se retuerce, y si ellos ríen tu respiras mejor.
Sangre amada y absolutamente poderosa. Esa que justifica Todo, esa que siempre convence al corazón de algo que es inmutable, que jamás cambiará, que por la sangre se da Todo. Al menos mucho. Por la sangre se da el espíritu mismo.

Si tú estás mal, todos de alguna forma lo están.
Pero con la sangre en balanza sobre todo hemos ganado.
Hemos ganado vivencias que son viajes imborrables por el tiempo y vida.
En nuestro caso siempre se ganó mucha vida, esa que construimos a fuerza de calor y personalidad.
A fuerza de reinventar un mundo que necesitamos a veces de un adulto que se hizo sombra y silencio. Y en medio de un desierto de pautas estaba el brillo de esa que sí dio y sí luchó, esa que no se olvidó.
El brillo que a veces no ves porque siempre está. Siempre está como está el Sol, que nunca nos defrauda al amanecer. Ella siempre estuvo, y siempre estará, porque ella sí es sangre. Esa que nos hizo crecer, y que nos dio algo mayor que el tiempo, porque vendió Su tiempo para comprar nuestra vida, y vendió después su vida para enriquecer la nuestra.
Eso sí fue un ejemplo de Sangre. En medio de la pérdida del ser de la sombra que resurge cuando hay calma, estaba la Poderosa y potente luz que llega silenciosa ante tormentas y que no se pierde.
Si señor, eso es la Sangre, así se nos enseñó en mi casa y así lo entendemos. Vosotros y yo. Y no hacen falta letras cuando en medio de ninguna explicación aparece la evidencia, y está resuena en un “porque somos hermanos”
Os quiero mi Sangre y estaré cuánto pueda.